DANIEL RÍOMALO
Todos los caminos son curvos es como escuchar un disco. No una playlist: un disco entero, compacto, consistente, bestial. Tiene canciones que bailás desbocada y otras que escuchás tirada en la cama sin moverte, rogando que no se terminen nunca. Una y otra vez. Pondría en repeat los versos Hay vidas en apariencia cortas / puntos en vez de líneas / pero que son flechas vistas desde atrás. Daniel Ríomalo trastoca el tiempo, lo estira, lo compacta, lo ve desde atrás, como una profundidad oculta / en fuga delante nuestro. Traza en él una línea no convencional, una esfera de tiempo en la que se distinguen capas geológicas, donde se juntan el principio y el final. ¿Realidad o ficción? No importa, es otra cosa: Explícale al cuchillo el dolor / la fricción al pavimento. Te hechiza y te da el antídoto. Terminás transformada en otra cosa. ¿Pero por qué muestra lo que muestra Ríomalo? Construye el relato a partir de enumeraciones extrañas (huevo robado / cauchera asesina / lágrima de maestro hambriento), un detalle o un objeto fuera de lugar. La lengua tararea, se enreda en un acertijo: los que se asoman inspiran a los que saltan; canta números al aire, entona melodías raras y pegadizas. Igual no todo es sonido en este libro, también hay grandes silencios, momentos para poner cal, tierra, miel / sobre las palabras dichas en / una noche mala; o preguntas que te dejan callada: ¿Cuánto tarda en salir de su escondite / un animal perseguido? Todos los caminos son curvos es un gran disco, de esos que te hacen compañía, que te sacuden y por eso mismo te salvan. Es música, es embriaguez: hágase la combustión. (Lucía Gagliardini)