Patrick Modiano
u00abAl llegar a la Place du Châtelet insistió en coger el metro. Era hora punta. Estábamos apretujados contra la puerta. En cada parada, los que bajaban nos sacaban a empujones al andén. Luego, volvíamos al vagón con los nuevos viajeros. Ella apoyaba la cabeza contra mi hombro y me dijo sonriendo que u0093nadie podría encontrarnos entre aquella multitudu0094.nEn Gare-du-Nord nos vimos arrastrados por el aluvión de pasajeros que afluía hacia los trenes de cercanías. Cruzamos el hall de la estación. En la sala de consignas automáticas abrió una taquilla y sacó una maleta de cuero negro.nLe cogí la maleta, bastante pesada por cierto. Pensé que debía contener algo más que ropa.u00bb